Opinión MotoGP: “A mí nunca me va a pasar”… ¡pero sucede!

En el motociclismo deportivo existe una convicción íntima que sostiene aquello que ocurre en pista: la creencia establecida de que “a mí nunca me va a pasar”.

No es arrogancia; es un mecanismo de supervivencia. Sin esa frase, sin ese blindaje mental que permite negar el riesgo, ningún piloto podría lanzarse a más de 300 km/h rodeado de rivales que piensan exactamente lo mismo. El Gran Premio de Catalunya del pasado fin de semana, sin embargo, se encargó de demostrar cuán frágil es esa ilusión cuando la realidad decide golpear.

El primer impacto llegó en la recta larga de atrás, rumbo a la curva 10, con una escena que desarmó cualquier sensación de control. Álex Márquez seguía de cerca a Pedro Acosta cuando su KTM perdió rendimiento y la Ducati del equipo Gresini impactó primero para salir como un bólido, golpear con las defensas y desintegró a casi 290 km/h.

La rueda delantera y parte de la horquilla, convertida en un temible proyectil, rebotó sin control ni dirección hasta golpear en la moto de Fabio Di Giannantonio, quien no tuvo margen para esquivar nada.

‘Diggia’ fue protagonista involuntario en el lugar equivocado, víctima de un azar que lo arrojó al suelo sin aviso. Alex Márquez terminó con una clavícula rota y una vértebra comprometida; Fabio Di Giannantonio, con una mano lastimada y la certeza de haber visto el abismo demasiado cerca.

En ese instante, el mantra se quebró. La frase que sostiene la identidad del piloto dejó de ser un escudo para convertirse en un recordatorio incómodo. Y, sin embargo, apenas una rato después, Di Giannantonio volvió a subirse a la moto como si necesitara reconstruir su propio relato interno. “Tenía que hacer un clic”, explicó.

Ese ‘clic’ es la reinstalación del autoconvencimiento volver a creer que el peligro es para otros, no para uno. Lo extraordinario es que no solo volvió: sino que también ganó. Dos horas después de haber estado a centímetros de un final impensado, celebraba la segunda victoria de su campaña (la anterior fue en Qatar 2023), con el mono marcado por la caída y la mano aún dolorida. Un triunfo deportivo, sí, pero sobre todo un triunfo mental, un ejemplo perfecto de la psicología del piloto.

El segundo momento detonante del día llegó en la reanudación. La curva 1 del Circuit (históricamente crítica) volvió a mostrar por qué es uno de los puntos más peligrosos del calendario.

Tras una desacertada maniobra en el frenaje, un mini ‘strike’ terminó con Johann Zarco atrapado con un pie entre la rueda y el escape de la Ducati de Pecco Bagnaia, mientras la moto daba varias vueltas de campana.

El francés terminó con lesiones graves en los ligamentos de la rodilla y una fractura en el peroné. Nada de esto fue inesperado: la combinación de una recta larguísima, velocidades cercanas a los 320 km/h, dispositivos de salida que compactan la parrilla y la turbulencia generada por la aerodinámica moderna crea un escenario donde cualquier error se multiplica.

Catalunya lleva dos décadas repitiendo este patrón, y el domingo volvió a recordarlo.

Justamente se cumplieron 20 años de aquella carambola que involucró a Loris Capiross, Sete Gibernau y Marco Melandri, entre otros. Pero también hay recuerdos frescos como el golpe de Takaaki Nakagami en 2022, quien frenó demasiado tarde, perdió el control de la Honda y golpeó su cabeza con la rueda trasera de Pecco Bagnaia, tirándolo al suelo al italiano y a Álex Rins, que terminó con una fractura en la muñeca.

O el ‘strike ducatista’ que generó Enea Bastianini en 2023, cuando tampoco frenó a tiempo y se llevó consigo a Johann Zarco, Marco Bezzecchi, Álex Márquez y Fabio Di Giannantonio, generando por fortuna un hueco en la fila india que le salvó la vida a Pecco Bagnaia cuando un ‘higside’ lo mandó al piso en la curva 2 y solamente una moto apenas lo arrolló, la de Brad Binder (allí sí, hubo demasiada fortuna a pesar del caos).

Este año, cuando la carrera se detuvo por segunda vez y los pilotos se alinearon para un tercer intento, la pregunta flotó en el aire: ¿hasta dónde puede estirarse la frontera entre la pasión y el peligro? ¿Somos espectadores o cómplices de un deporte que necesita rozar el desastre para existir? Las motos se rompieron, los cuerpos volaron, y aun así la competencia siguió adelante. Porque así funciona este mundo: los pilotos necesitan creer que lo que acaban de ver no les va a pasar a ellos. Y nosotros, de algún modo, también.

Catalunya dejó heridas físicas, dudas éticas y una certeza emocional: la temporada se volvió más humana, más frágil y más impredecible. Di Giannantonio ganó porque reconstruyó su escudo mental más rápido que nadie y se sumó a la lucha por el título. Zarco pagó el precio de un punto crítico que MotoGP arrastra desde hace años; por lo que el campeonato avanza ahora bajo una pregunta inevitable ¿cuánto tiempo puede sostenerse un deporte que depende de repetir, una y otra vez, la bendita frase “a mí nunca me va a pasar”?

La seguimos…